Jugar distinto, cómo si no supiese de qué color son los colores, ni la apariencia de un sonido hubiese echado jamás sus anclas sobre la oscuridad en un objeto palpitante y esencial.
Resido bajo cataratas de fuego y en el medio de la sed, con un ojo ciego y el índice apuntando hacia la nada. ¿A dónde observan mis pies? ¿ Y a quién le dirijo de verdad la palabra?
Estos ecos inconformistas de mi mente tarareando un ritmo encallado mientras el engorroso golpe de la lluvia empapa esa marquesina encandilante, confirmando la espera de un jardín ubicado en la cúspide del temporal. Jardín que hace de su sequía una súplica. Clima tenso, como la cuerda de un contorsionista que sufre vehementemente el disparo del relámpago alumbrando hacia la meta. Misión que implica percatarme de qué sucede realmente alli dentro.
¿Y ahora? ¿Qué pies? ¿Qué voz?
Solo arena helada y prepotente. Extasiada de júbilo tras ver como estas suelas huyen sin triunfo camino hacia la verdad. Aquella asociada a símbolos que nuevamente me escriben, me tachan, me tergiversan. Y por otra parte me atraviesa, hondamente hace su aparición aquel océano que habita inédito a mi conocimiento, o hasta a mi instinto acostumbrado al calor de la acción. La cual se apaga si no sabe de construir en equilibrio entre la llama, el vapor y esa cabalgata de rayos nocturnos que transcurren por dentro con la intensidad de un tsunami, sobre este espacio donde ausentes se encuentran las branqueas artificiales. Instrumentos de repuesto para la caída.
Jugar distinto anulando toda forma aprendida. Se puede también mutando hacia la electricidad de cada impacto, moldeando el elocuente interruptor enorme que representa no sentir. O poniéndole fin a esta oscura responsabilidad en representación de la avalancha, como única forma de relación entre lo que es y lo mucho que me cuesta aceptar que no sé nadar por miedo a nadar.
O retomando la búsqueda por apagar la sed, volviendo a percibir el recipiente. Nombrarlo, abrirlo, sin volver a caer en la absurda paradoja de elegir el congelamiento como una opción tan tibia que solo da lugar a hervir. Concluyendo una vez más, por volatilizar al máximo elemento referente del acto recreativo.
Coquetear con la asfixia antes que ahogarse, también puede ser una especie de ruta de escape. Valida en su totalidad. Pero quizás huir ya no represente una verdadera distracción de lo agrietada que se encuentra esta lengua. Atractivo musculo que tanto rechazo en sintaxis, pero que anhelo satisfacer de una vez por todas con un chispazo líquido y parpadeante asociado semánticamente con las mil ideas de libertad.
Sabré al final del casillero hacerlo diferente, porque a pesar de mi falta de hábito en derretir, amplia es mi experiencia en hacer arder.
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